lunes, 25 de enero de 2010

Peor que al vino




ROSA SOLÀ 25/01/2010

Que un joven de 27 años sea caprichoso en su manera de enfrentarse con Beethoven o Albéniz, que tenga un enfoque algo circense de la interpretación (cuanto más rápido, mejor), que sus expansiones líricas pequen de inmadurez y/o de exhibicionismo, que todavía no sepa cantar con el instrumento, que resulte duro y en exceso percusivo, que emborrone con el pedal, que no consiga transmitir al público (en esa suerte de juego hipnótico verificado en los mejores conciertos) aquello que, vivo, se esconde entre las líneas de la partitura... todo eso no tendría mayor importancia, justamente porque son cosas difíciles de evitar o de conseguir en edad temprana. Que un joven de 27 años sea un virtuoso del teclado -en el sentido técnico del término-, que tenga una energía incontenible, que haya soportado una vida muy dura y que haya estado esclavizado al piano desde su infancia... eso es algo que viven, en mayor o menor medida, todos los aspirantes a concertista, de cualquier instrumento y en cualquier país.

Lang Lang

Piano. Obras de Beethoven, Albéniz y Prokófiev. Palau de la Música. Valencia, 24 de enero de 2010.
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Siempre hay diferencias, claro. Pero no tantas como para olvidar toda la angustia de un colectivo y centrarnos sólo en una lastimera historia individual. Historia, además, potenciada por un marketing que se ha introducido en la tele, prensa, radio y hasta revistas especializadas. Hay, naturalmente, una casa discográfica detrás que potencia y disfruta el éxito de su artista exclusivo.

Un éxito que no se ve justificado por la escucha. Pueden ser discutibles los caprichos en el enfoque, en la dinámica y en la agógica que mostró con Beethoven y Albéniz: otros los han tenido y han servido para descubrir secretos latentes en las partituras. Esta vez, sin embargo, ningún secreto salió a la luz, y muchas bellezas, por el contrario, se quedaron en el tintero. Porque lo que no puede permitirse un pianista presentado como un "fenómeno" es no saber cantar con el piano, es que los atrevimientos con las obras de los grandes no queden justificados en el marco de un nuevo enfoque global, y que no reviertan en un aumento de la comunicación entre intérprete y público. Tampoco parece de recibo que, en las tensas melodías de Beethoven, desapareciera la tensión, escamoteando con lo percusivo la gracia melódica, ni que lo arrebatado de la Appassionata se transformara en una taquicardia, ni que el embrujado perfume de Albéniz pareciera sacado de una cajita de música.

Si se le aplaude tanto -como se le aplaudió- con tales mimbres, no cabe esperar que madure en sus concepciones. Aunque seguramente no es eso de lo que se trata. Mejor un rendimiento juvenil seguro que crianzas caras y trabajosas. Hoy por hoy, a un pianista se le trata peor que al vino.