domingo, 21 de diciembre de 2008

México regala al múndo la flor de Navidad

México regala al múndo la flor de Navidad

Es la planta más apreciada y vendida durante las fiestas navideñas. Además de bonita y decorativa, dicen que trae buena suerte.

Joaquim Ibarz | México. Corresponsal | 21/12/2008 | Actualizada a las 21:14h | Ciudadanos

Es la planta más apreciada y vendida durante las fiestas navideñas. Además de bonita y decorativa, dicen que trae buena suerte. Adorna más de 60 millones de hogares en todo el mundo, pero su origen es mexicano. La que ahora se llama ponsetia, o flor de Navidad, ya se cultivaba en los jardines que el emperador Moctezuma poseía en la capital azteca Tenochtitlan (actual Ciudad de México). Es el adorno que conjunta la tradición prehispánica con los ritos cristianos correspondientes a estas fechas.

México regala al múndo la flor de Navidad
Una flor de origen mexicano que en todo el mundo representa la Navidad / Ap

Los aztecas la consideraban sagrada. La llamaban cuetlaxochitl, "la flor mortal que fallece y se marchita como todo lo que es puro". Con este nombre, la planta representaba la pureza y servía como recordatorio de los sacrificios de sangre. Además del efecto decorativo y simbólico, la utilizaban con fines medicinales -la savia lechosa servía para tratar fiebres- y estéticos, de las brácteas se extraía un tinte violáceo para teñir tejidos y preparar cosméticos. Los aztecas y los pueblos mesoamericanos concedían especial importancia al cultivo de flores y plantas, lo que asombró a los conquistadores españoles por la belleza de los jardines de Chapultepec y Oaxtepec.

Según el historiador mexicano Marcelino Sánchez Cardoso, la flor de Navidad tuvo gran importancia en el proceso de evangelización, ya que fueron los franciscanos los primeros en utilizarla para adornar los Nacimientos. En su libro "Historia de las plantas de la Nueva España", el médico español Francisco Hernández escribió ya en 1525 que los indígenas de México comían las hojas crudas o cocidas para aumentar la leche en las mujeres que amamantaban a sus hijos. La flor de Nochebuena, considerada un preciado legado que México ha hecho al mundo, también sirvió para preparar fomentos y cataplasmas para curar erisipela y otras enfermedades de la piel. Asimismo, el jugo lechoso de la planta se usaba como depilatorio.

Uno de los grandes cronistas de la conquista de México, el fraile español Bernardino de Sahagún, la describió como "flor que se llama cuetlaxóchitl, de un árbol con hojas coloradas".

Por sus colores vivos y su floración en Navidad, los padres franciscanos de México la empezaron a utilizar ya en el siglo XVII para adornar las celebraciones de la Natividad. Así, del simbolismo de la sangre de los sacrificios aztecas se pasó al simbolismo cristiano. Los primeros misioneros quedaron prendados por el color rojo intenso de las plantas; por ello, las incluyeron en las ceremonias religiosas del adviento. De ahí nació la asociación de la planta con las fiestas navideñas. Desde tiempos de la colonia, en el fin de año la flor de nochebuena ha adornado calles, casas y templos en Ciudad de México y otras poblaciones novohispanas.

Por florecer en diciembre, a la cuetlaxóchitl los españoles la rebautizaron como flor de nochebuena. Su nombre científico es euphorbia pulcherrima.

La planta se dio a conocer fuera del país en 1825 gracias a Joel Roberts Poinsett, primer embajador de Estados Unidos en México. Poinsett dirigía una escuela médica, pero la botánica era su fuerte. Al conocer esta planta tan vistosa en la hermosa ciudad de Cuernavaca, la envió a su natal Charleston (Carolina del Sur), donde ilegalmente tramitó una patente con el nombre de poinsettia. Se la apropió hasta el punto de vender el registro a una importante firma que se encargó de comercializarla tras mejorarla genéticamente. Los reproductores la denominaron euphorbia poinsettia, nombre botánico que se adoptó en los países de habla inglesa. Al llegar a Europa, una vez analizada y clasificada, fue denominada euphorbia pulchérrima (pulcherrima significa la más bella). En Estados Unidos es tan popular que el 12 de diciembre se conoce como Día Nacional de la Ponsetia.

En otros países se le conoce como flor de nochebuena, flor de navidad, estrella de navidad, corona del inca (Chile), flor de papagayo (Venezuela). En México, también recibe otros nombres: flor de pascua, sijoyo, flor de bandera, flor de santa Catalina, corona de los andes, flor de fuego, guacamayo. Cultivada como arbusto, alcanza hasta 3.1 metros de altura. La flor que se comercializa en macetas es una variedad modificada y alcanza un tamaño máximo de 17 a 30 cm. Florece de noviembre a enero y su propagación se realiza por esquejes.

jueves, 4 de diciembre de 2008

La lletra llatina d'Enric Crous


Anunci d'un número de l'any 1934 de la revista Art, que ell va dirigir.
Anunci d'un número de l'any 1934 de la revista Art, que ell va dirigir.
 Enric Crous, a la foto utilitzada per al cartell de la mostra.
Enric Crous, a la foto utilitzada per al cartell de la mostra.
MARÍA JESÚS IBÁÑEZ
Museu Morera.
c/ Major, 31. Lleida. Entrada gratuïta. Fins al 8 de març.

És una exposició sobre lletres. Sobre tipus de lletres i grafies. El Museu d'Art Jaume Morera de Lleida inaugura aquesta tarda una singular exposició sobre l'artista Enric Crous Vidal --amb motiu del centenari del seu naixement a la capital del Segrià--, que aborda una de les activitats més desconegudes de l'activista cultural: la de tipografista. La mostra vol donar a conèixer el Crous creador i impulsor del moviment de la Grafia Llatina, desenvolupat en la dècada dels anys 50 a França, per il.lustradors, dissenyadors gràfics i publicistes.
"Ja en els seus primers anys, a Lleida, Crous va posar en marxa la revista Art, que es va editar entre el 1933 i el 1934, i en la qual el disseny gràfic va tenir un paper important", va explicar ahir Jesús Navarro, director del Museu Morera. Quan, després de la guerra civil, es va exiliar a França, el lleidatà va començar a cultivar el disseny i la publicitat al seu propi estudi. "D'una manera o d'una altra, Crous va estar sempre vinculat a aquest món", va assenyalar Navarro.
Primer a través dels seus tre-
balls, i més tard mitjançant escrits teòrics, Crous va establir les bases d'una renovació tipogràfica de gran importància. Ho va fer en un moment en què la publicitat i el disseny gràfic experimentaven un procés de canvi, una època en què es buscava cada cop més vistositat i impacte en els anuncis. "Fins llavors, els textos publicitaris o de disseny gràfic que s'elaboraven a Europa utilitzaven, principalment, tipus de lletra d'inspiració germànica, relacionades amb el moviment Bauhaus. El que va fer Crous va ser reivindicar la grafia llatina, que era més imaginativa, més ornamental", va relatar ahir el director del Morera.
De fet, un dels objectius de l'exposició Crous Vidal i la Grafia Llatina és aconseguir "que els visitants descobreixin que, darrere d'una cosa tan quotidiana com les lletres, que avui dia se seleccionen amb un simple clic a l'ordinador, existeix tot un treball creatiu", va indicar Navarro. La mostra és, també, "una forma diferent de rendir homenatge a Crous Vidal en el seu centenari".
La visita a l'exposició es completa amb la mostra dels tre-
balls d'uns 40 artistes que utilitzen tipografies de Crous i amb la publicació d'un llibre en què diferents experts analitzen les seves grafies. També s'ha editat una antologia amb tota l'obra teòrica desenvolupada pel Crous tipografista.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

El discurso de la victoria de Obama

¡Hola, Chicago!

La noticia en otros webs

Si todavía queda alguien por ahí que aún duda de que Estados Unidos es un lugar donde todo es posible, quien todavía se pregunta si el sueño de nuestros fundadores sigue vivo en nuestros tiempos, quien todavía cuestiona la fuerza de nuestra democracia, esta noche es su respuesta.

Es la respuesta dada por las colas que se extendieron alrededor de escuelas e iglesias en un número cómo esta nación jamás ha visto, por las personas que esperaron tres horas y cuatro horas, muchas de ellas por primera vez en sus vidas, porque creían que esta vez tenía que ser distinta, y que sus voces podrían suponer esa diferencia.

Es la respuesta pronunciada por los jóvenes y los ancianos, ricos y pobres, demócratas y republicanos, negros, blancos, hispanos, indígenas, homosexuales, heterosexuales, discapacitados o no discapacitados. Estadounidenses que transmitieron al mundo el mensaje de que nunca hemos sido simplemente una colección de individuos ni una colección de estados rojos y estados azules.

Somos, y siempre seremos, los Estados Unidos de América.

Es la respuesta que condujo a aquellos que durante tanto tiempo han sido aconsejados a ser escépticos y temerosos y dudosos sobre lo que podemos lograr, a poner manos al arco de la Historia y torcerlo una vez más hacia la esperanza en un día mejor.

Ha tardado tiempo en llegar, pero esta noche, debido a lo que hicimos en esta fecha, en estas elecciones, en este momento decisivo, el cambio ha venido a Estados Unidos.

Esta noche, recibí una llamada extraordinariamente cortés del senador McCain.

El senador McCain luchó larga y duramente en esta campaña. Y ha luchado aún más larga y duramente por el país que ama. Ha aguantado sacrificios por Estados Unidos que no podemos ni imaginar. Todos nos hemos beneficiado del servicio prestado por este líder valiente y abnegado.

Le felicito; felicito a la gobernadora Palin por todo lo que han logrado. Y estoy deseando colaborar con ellos para renovar la promesa de esa nación durante los próximos meses.

Quiero agradecer a mi socio en este viaje, un hombre que hizo campaña desde el corazón, e hizo de portavoz de los hombres y las mujeres con quienes se crío en las calles de Scranton y con quienes viajaba en tren de vuelta a su casa en Delaware, el vicepresidente electo de los Estados Unidos, Joe Biden.

Y no estaría aquí esta noche sin el respaldo infatigable de mi mejor amiga durante los últimos 16 años, la piedra de nuestra familia, el amor de mi vida, la próxima primera dama de la nación, Michelle Obama.

Sasha y Malia, os quiero a las dos más de lo que podéis imagina. Y os habéis ganado el nuevo cachorro que nos acompañará hasta la nueva Casa Blanca. Y aunque ya no está con nosotros, sé que mi abuela nos está viendo, junto con la familia que hizo de mí lo que soy. Los echo en falta esta noche. Sé que mi deuda para con ellos es incalculable

A mi hermana Maya, mi hermana Alma, al resto de mis hermanos y hermanas, muchísimas gracias por todo el respaldo que me habéis aportado. Estoy agradecido a todos vosotros. Y a mi director de campaña, David Plouffe, el héroe no reconocido de esta campaña, quien construyó la mejor, la mejor campaña política, creo, en la Historia de los Estados Unidos de América.

A mi estratega en jefe, David Axelrod, quien ha sido un socio mío a cada paso del camino. Al mejor equipo de campaña que se ha compuesto en la historia de la política. Vosotros hicisteis realidad esto, y estoy agradecido para siempre por lo que habéis sacrificado para lograrlo.

Pero sobre todo, no olvidaré a quién pertenece de verdad esta victoria. Os pertenece a vosotros. Os pertenece a vosotros.

Nunca parecí el aspirante a este cargo con más posibilidades. No comenzamos con mucho dinero ni con muchos avales. Nuestra campaña no fue ideada en los pasillos de Washington. Se inició en los jardines traseros de Des Moines y en los cuartos de estar de Concord y en los porches de Charleston. Fue construida por los trabajadores y las trabajadoras que recurrieron a los pocos ahorros que tenían para donar a la causa cinco dólares y diez dólares y veinte dólares

Adquirió fuerza de los jóvenes que rechazaron el mito de la apatía de su generación, que dejaron atrás sus casas y sus familiares para hacer trabajos que les procuraron poco dinero y menos sueño.

Adquirió fuerza de las personas no tan jóvenes que hicieron frente al gélido frío y el ardiente calor para llamar a las puertas de desconocidos y de los millones de estadounidenses que se ofrecieron voluntarios y organizaron y demostraron que, más de dos siglos después, un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no se ha desvanecido de la Tierra.

Esta es vuestra victoria.

Y sé que no lo hicisteis sólo para ganar unas elecciones. Y sé que no lo hicisteis por mí. Lo hicisteis porque entendéis la magnitud de la tarea que queda por delante. Mientras celebramos esta noche, sabemos que los retos que nos traerá el día de mañana son los mayores de nuestras vidas -dos guerras, un planeta en peligro, la peor crisis financiera desde hace un siglo-.

Mientras estamos aquí esta noche, sabemos que hay estadounidenses valientes que se despiertan en los desiertos de Irak y las montañas de Afganistán para jugarse la vida por nosotros.

Hay madres y padres que se quedarán desvelados en la cama después de que los niños se hayan dormido y se preguntarán cómo pagarán la hipoteca o las facturas médicas o ahorrar lo suficiente para la educación universitaria de sus hijos.

Hay nueva energía por aprovechar, nuevos puestos de trabajo por crear, nuevas escuelas por construir, y amenazas por contestar, alianzas por reparar.

El camino por delante será largo. La subida será empinada. Puede que no lleguemos en un año ni en un mandato. Sin embargo, Estados Unidos, nunca he estado tan esperanzado como estoy esta noche de que llegaremos.

Os prometo que, nosotros, como pueblo, llegaremos.

Habrá percances y comienzos en falso. Hay muchos que no estarán de acuerdo con cada decisión o política mía cuando sea presidente. Y sabemos que el gobierno no puede solucionar todos los problemas.

Pero siempre seré sincero con vosotros sobre los retos que nos afrontan. Os escucharé, sobre todo cuando discrepamos. Y sobre todo, os pediré que participéis en la labor de reconstruir esta nación, de la única forma en que se ha hecho en Estados Unidos durante 221 años bloque por bloque, ladrillo por ladrillo, mano encallecida sobre mano encallecida.

Lo que comenzó hace 21 meses en pleno invierno no puede terminar en esta noche otoñal. Esta victoria en sí misma no es el cambio que buscamos. Es sólo la oportunidad para que hagamos ese cambio. Y eso no puede suceder si volvemos a como era antes. No puede suceder sin vosotros, sin un nuevo espíritu de sacrificio.

Así que hagamos un llamamiento a un nuevo espíritu del patriotismo, de responsabilidad, en que cada uno echa una mano y trabaja más y se preocupa no sólo de nosotros mismos sino el uno del otro.

Recordemos que, si esta crisis financiera nos ha enseñado algo, es que no puede haber un Wall Street (sector financiero) próspero mientras que Main Street (los comercios de a pie) sufren.

En este país, avanzamos o fracasamos como una sola nación, como un solo pueblo. Resistamos la tentación de recaer en el partidismo y mezquindad e inmadurez que han intoxicado nuestra vida política desde hace tanto tiempo.

Recordemos que fue un hombre de este estado quien llevó por primera vez a la Casa Blanca la bandera del Partido Republicano, un partido fundado sobre los valores de la autosuficiencia y la libertad del individuo y la unidad nacional.

Esos son valores que todos compartimos. Y mientras que el Partido Demócrata ha logrado una gran victoria esta noche, lo hacemos con cierta humildad y la decisión de curar las divisiones que han impedido nuestro progreso.

Como dijo Lincoln a una nación mucho más dividida que la nuestra, no somos enemigos sino amigos. Aunque las pasiones los hayan puesto bajo tensión, no deben romper nuestros lazos de afecto.

Y a aquellos estadounidenses cuyo respaldo me queda por ganar, puede que no haya obtenido vuestro voto esta noche, pero escucho vuestras voces. Necesito vuestra ayuda. Y seré vuestro presidente, también.

Y a todos aquellos que nos ven esta noche desde más allá de nuestras costas, desde parlamentos y palacios, a aquellos que se juntan alrededor de las radios en los rincones olvidados del mundo, nuestras historias son diversas, pero nuestro destino es compartido, y llega un nuevo amanecer de liderazgo estadounidense.

A aquellos, a aquellos que derrumbarían al mundo: os vamos a vencer. A aquellos que buscan la paz y la seguridad: os apoyamos. Y a aquellos que se preguntan si el faro de Estados Unidos todavía ilumina tan fuertemente: esta noche hemos demostrado una vez más que la fuerza auténtica de nuestra nación procede no del poderío de nuestras armas ni de la magnitud de nuestra riqueza sino del poder duradero de nuestros ideales; la democracia, la libertad, la oportunidad y la esperanza firme.

Allí está la verdadera genialidad de Estados Unidos: que Estados Unidos puede cambiar. Nuestra unión se puede perfeccionar. Lo que ya hemos logrado nos da esperanza con respecto a lo que podemos y tenemos que lograr mañana.

Estas elecciones contaron con muchas primicias y muchas historias que se contarán durante siglos. Pero una que tengo en mente esta noche trata de una mujer que emitió su papeleta en Atlanta. Ella se parece mucho a otros que guardaron cola para hacer oír su voz en estas elecciones, salvo por una cosa: Ann Nixon Cooper tiene 106 años.

Nació sólo una generación después de la esclavitud; en una era en que no había automóviles por las carreteras ni aviones por los cielos; cuando alguien como ella no podía votar por dos razones -porque era mujer y por el color de su piel. Y esta noche, pienso en todo lo que ella ha visto durante su siglo en Estados Unidos- la desolación y la esperanza, la lucha y el progreso; las veces que nos dijeron que no podíamos y la gente que se esforzó por continuar adelante con ese credo estadounidense: Sí podemos.

En tiempos en que las voces de las mujeres fueron acalladas y sus esperanzas descartadas, ella sobrevivió para verlas levantarse, expresarse y alargar la mano hacia la papeleta. Sí podemos. Cuando había desesperación y una depresión a lo largo del país, ella vio cómo una nación conquistó el propio miedo con un Nuevo Arreglo, nuevos empleos y un nuevo sentido de propósitos comunes.

Sí podemos

Cuando las bombas cayeron sobre nuestro puerto y la tiranía amenazó al mundo, ella estaba allí para ser testigo de cómo una generación respondió con grandeza y la democracia fue salvada.

Sí podemos.

Ella estaba allí para los autobuses de Montgomery, las mangas de riego en Birmingham, un puente en Selma y un predicador de Atlanta que dijo a un pueblo: "Lo superaremos".

Sí podemos.

Un hombre llegó a la luna, un muro cayó en Berlín y un mundo se interconectó a través de nuestra ciencia e imaginación.

Y este año, en estas elecciones, ella tocó una pantalla con el dedo y votó, porque después de 106 años en Estados Unidos, durante los tiempos mejores y las horas más negras, ella sabe cómo Estados Unidos puede cambiar.

Sí podemos.

Estados Unidos, hemos avanzado mucho. Hemos visto mucho. Pero queda mucho más por hacer. Así que, esta noche, preguntémonos -si nuestros hijos viven hasta ver el próximo siglo, si mis hijas tienen tanta suerte como para vivir tanto tiempo como Ann Nixon Cooper, ¿qué cambio verán? ¿Qué progreso habremos hecho?

Esta es nuestra oportunidad de responder a ese llamamiento. Este es nuestro momento. Estos son nuestros tiempos, para dar empleo a nuestro pueblo y abrir las puertas de la oportunidad para nuestros pequeños; para restaurar la prosperidad y fomentar la causa de la paz; para recuperar el sueño americano y reafirmar esa verdad fundamental, que, de muchos, somos uno; que mientras respiremos tenemos esperanza.

Y donde nos encontramos con escepticismo y dudas y aquellos que nos dicen que no podemos, contestaremos con ese credo eterno que resume el espíritu de un pueblo: Sí podemos.

Gracias. Que Dios os bendiga. Y que Dios bendiga a los Estados Unidos de América.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Contra la crisi, xocolata

  1. L'empresa belga Godiva obrirà botigues a les grans ciutats després de declarar Espanya zona comercial estratègica
  2. La primera, a Barcelona, preveu facturar 500.000 euros a l'any
 El director d'expansió, Filip de Cuyper, comprant al Triangle. Foto:  RICARD CUGAT
El director d'expansió, Filip de Cuyper, comprant al Triangle. Foto: RICARD CUGAT
JOSEP M. BERENGUERAS
BARCELONA

La xocolata no és, ni de bon tros, un invent del segle XX: alguns estudis asseguren que aquest aliment ja es consumia al voltant de l'any 1000 abans de Crist. Molts segles després, lluny d'haver passat de moda, la xocolata continua sent un producte apreciat pels millors xefs i està present a la majoria de rebostos. Però com en gairebé tots els productes, hi ha xocolates de totes les gammes. I en els esglaons més alts de la piràmide de qualitat hi ha Godiva Chocolatier, una marca belga que ha declarat Espanya "zona d'alta prioritat d'expansió" i on preveu obrir botigues a les grans ciutats durant els pròxims mesos.
"Barcelona és una ciutat fantàstica per començar la nostra expansió per Espanya", assegura el director d'expansió de la firma belga, Filip de Cuyper, que va inaugurar la botiga que Godiva ha instal.lat al Triangle, a la plaça de Catalunya de Barcelona. Es tracta del primer dels establiments que la firma obrirà durant els pròxims mesos: abans de Sant Valentí en tindrà preparat un altre a Madrid i València serà la següent urbs a xocolatitzar.
Espanya és un bon lloc de negoci perquè els ciutadans "saben apreciar la bona xocolata, tenen criteri, saben distingir i coneixen la marca Godiva". "A més a més, la competència en el sector de la xocolata d'alta gamma no està estructurada", assenyala De Cuyper. Ha escollit un lloc estratègic amb molt de trànsit de vianants, i els resultats són molt bons. Encara que la botiga va obrir en ple estiu, una època que no resulta especialment bona per a la venda d'aquests productes, les vendes estan sent "magnífiques".
L'empresa belga factura 400 milions d'euros a l'any, amb 8.800 punts de venda a tot el món i amb presència en més de 60 països. És la proveïdora oficial de xocolata de la Casa Reial belga, i compta amb dues fàbriques de producció, a Brussel.les i Pennsilvània, i té tres canals de negoci: aeroports (300 establiments), botigues pròpies i altres establiments (com El Corte Inglés i Vips). A Barcelona, el 1991, van obrir una primera botiga franquiciada al carrer de Balmes.

Directes des de Bèlgica
"Els productes arriben directament de Bèlgica cada dilluns", expliquen els responsables de la nova botiga del Triangle. Els clients estrangers guanyen els autòctons (60%-40%, respectivament), i els articles que tenen més èxit són les caixes personalitzades en les mides de 500 i 750 grams. A més dels assortiments de bombons i trufes ofereixen gelats especials, xocolates fredes i calentes, fruites amb cacau... I col.leccions especials segons l'època de l'any. El tiquet mitjà a les botigues Godiva sol rondar els 25-30 euros, i el nou establiment espera facturar mig milió d'euros a l'any.
¿És un bon moment per iniciar aquest tipus de negocis a Espanya amb l'actual crisi? "Una altra de les raons per la qual vam escollir aquest país mediterrani és perquè el sector del luxe accessible està en una fase de creixement espectacular", comenta. "A més a més, en dies tristos com en els que vivim ara és quan més li agrada a la gent fer regals. Per exemple malgrat que al Regne Unit és dels llocs on més es nota la crisi, tenim botigues que estan venent més ara que abans", explica De Cuyper. "La xocolata no hi entén, de moments econòmics. Fins i tot va millor en èpoques de baixada. Contra la crisi, no hi ha res millor que la xocolata", assegura de broma.

Les agències de qualitat d'internet creen un segell únic


CARMEN JANÉ
BARCELONA
Els anunciants (a través d'Autocontrol), el Govern (a través de Red.es), l'Associació Espanyola de Comerç Electrònic i Màrqueting Relacional (AECEM) i els consells audiovisuals d'Espanya, entre ells el català, donaran un aval únic a les pàgines web que ho sol.licitin i que vulguin certificar davant els internautes que reuneixen els requisits de qualitat que poden assegurar una compra segura i un sistema de reclamació eficient. La nova Agència de Qualitat d'Internet-IQUA absorbirà així la iniciativa catalana de promoure un segell de qualitat de les pàgines web i la campanya Confiança Online, que promovia l'AECEM.
Aquest segell únic i voluntari certificarà que la publicitat és correcta, que les dades personals tenen un tractament adequat, que les empreses se sotmeten a un procediment d'arbitratge si hi ha problemes en les vendes on line i que les seves pàgines són accessibles i utilitzables per qualsevol internauta i programa. "No entrarem en continguts, però no se certificaran pàgines que puguin promoure conductes lesives, com l'anorèxia", explica el seu director general, Albert Recasens.

viernes, 10 de octubre de 2008

Reproducir datos de una base protegida es ilegal

SENTENCIA DEL TRIBUNAL DE JUSTICIA DE LA UE

Reproducir datos de una base protegida es ilegal, aunque no se copie

A partir de ahora podrá aplicarse a las transferencias de elementos de una base de datos protegida a otro soporte

EFE - Bruselas - 10/10/2008

Vota
Resultado Sin interésPoco interesanteDe interésMuy interesanteImprescindible 9 votos
Imprimir Enviar

El Tribunal de Justicia de la UE ha dictaminado que la reproducción de elementos de una base de datos protegida podrá considerase como "extracción" ilegal incluso si no se ha copiado una parte del contenido o su totalidad.

En una sentencia publicada ayer, el tribunal ha ampliado su interpretación del concepto de "extracción", que a partir de ahora podrá aplicarse a las transferencias de elementos de una base de datos protegida a otro soporte "tras realizar una apreciación individual", y aunque no se haya realizado un procedimiento técnico de copia.

La máxima instancia jurídica comunitaria se ha pronunciado así sobre el litigio entre la Universidad alemana de Friburgo y una compañía editorial del mismo país, que se inspiró en una selección de poemas elaborado por la primera para realizar un CD-ROM distribuido con fines comerciales.

Dicha Universidad publicó en Internet una lista titulada "Los 1.100 poemas más importantes de la literatura alemana entre 1730 y 1900", en el marco de un proyecto de investigación que contó con un presupuesto de 34.900 euros. La Universidad consideró que se habían vulnerado los derechos de autor del director del proyecto y los de "fabricante de una base de datos" con la distribución de un CD-ROM titulado "1.000 poemas que todo el mundo ha de tener", por parte de la empresa Directmedia. De los poemas que incluye el CD, 876 proceden de la época comprendida entre 1720 y 1900, y 856 aparecen también en la lista de poemas elaborada por la Universidad, por lo que el Tribunal ha concluido que Directmedia "se inspiró en dicha lista" y ha dado la razón al centro docente.

El concepto de "extracción"

En su sentencia, la corte europea establece que el concepto de "extracción" deberá interpretarse como "todo acto no autorizado de apropiación de la totalidad o de una parte del contenido", y precisa que el mismo no está vinculado "a la naturaleza ni al ''modus operandi'' que se haya seguido". Para apreciar la existencia de una extracción, es "irrelevante" que la transferencia se haya realizado "por medio de un procedimiento técnico de copia del contenido de una base de datos protegida", según el tribunal.

Por ello, también podrá considerarse como extracción la transferencia de elementos de una base de datos protegida a otro soporte "tras realizar un análisis crítico o una apreciación individual". El autor o "fabricante" de la base de datos puede prohibir este tipo de operaciones, y en ese caso el órgano judicial competente deberá verificar si la transferencia ha constituido "una transferencia sustancial" de su contenido, concluye el tribunal.

viernes, 4 de julio de 2008

André Kertész encomana en les seves fotos la passió per la lectura

André Kertész encomana en les seves fotos la passió per la lectura

  1. Caja Madrid dedica una exposició a les imatges de lectors captades per l'artista
 Autoretrat d'André Kertész realitzat a París (1927). Foto:  MINISTÈRE DE LA CULTURE / DONATION KERTÉSZ
Autoretrat d'André Kertész realitzat a París (1927). Foto: MINISTÈRE DE LA CULTURE / DONATION KERTÉSZ
 A l'esquerra, un nen llegeix tebeos a Nova York el 1944.  Foto:  MINISTÈRE DE LA CULTURE / DONATION KERTÉSZ
A l'esquerra, un nen llegeix tebeos a Nova York el 1944. Foto: MINISTÈRE DE LA CULTURE / DONATION KERTÉSZ
A la dreta, un lector a França, el 1931. Foto:  MINISTÈRE DE LA CULTURE / DONATION KERTÉSZ
A la dreta, un lector a França, el 1931. Foto: MINISTÈRE DE LA CULTURE / DONATION KERTÉSZ
ROSARO FONTOVA
BARCELONA
Un llibre és un jardí que es porta a la butxaca. Aquest proverbi àrab il.lustra la col.lecció de fotos que André Kertész va dedicar a l'"íntim plaer de llegir". Una col.lecció de 60 fotografies en blanc i negre, procedents del Museu del Jeu de Paume de París, que atrapa en blanc i negre moments solitaris de lectura. Concentrats en la història que llegeixen, els retratats ni tan sols adverteixen la presència del fotògraf. Practiquen un plaer solitari, profundament gratificant, que exigeix silenci.
Kertész (Budapest, 1894-Nova York, 1985) va dedicar un llibre, On Reading, a les seves fotos de lectors. Esgotat fa molt, la fundació que gestiona la seva obra, lligada a França, va organitzar una exposició amb fotografies seleccionades que recala a l'Espai Cultural Caja Madrid (plaça de Catalunya, 9) fins al setembre.
Amb les balades melancòliques de Jacques Brel com a música de fons, aquesta exposició ofereix imatges captades durant les primeres dècades del segle XX en diferents ciutats. Kertész va fotografiar una dona solitària llegint en un balcó de Greenwich Village; una altra en una finestra al sol de Buenos Aires. Un lector del camp francès llegint les notícies d'un diari amb una gran vaca a l'esquena. Un trio de nens amb els mitjons trencats i aspecte de pillos, que comparteixen la lectura d'un tebeo. Un bibliotecari de l'Académie de France, forrada de llibres de dalt a baix, el paradís d'un bibliòfil. Lectors de cartes i de novel.les, asseguts als agradables cafès de París.

'PALPANT LA PARAULA'
Com a contrast, al pis superior de Caja Madrid es presenta l'exposició Palpant la paraula, dedicada als cecs, que només poden llegir tocant amb els dits els punts en relleu del llenguatge Braille. Les fotografies han estat realitzades per Tatiana Donoso i Fernando Moleres en països pobres com l'Índia, on els invidents són víctimes i marginats per partida doble.
I per dedicar l'estiu a promoure la lectura l'Espai Cultural de Caja Madrid ha programat una sèrie d'activitats paral.leles al voltant de les biblioteques i la literatura, amb conferències i tallers intensius de lectura crítica.

jueves, 3 de julio de 2008

Simone Ortega deixa orfes els amants de la cuina popular


  1. L'autora de '1.080 receptes de cuina', la bíblia dels fogons espanyols, mor als 89 anys
  2. Nora del filòsof José Ortega y Gasset, va vendre 3,5 milions d'exemplars de la seva obra clàssica
 Simone Ortega, el 2001 a Madrid. Foto:  ARXIU
Simone Ortega, el 2001 a Madrid. Foto: ARXIU

MÉS INFORMACIÓ

MERCEDES JANSA
MADRID
En poques cases falta avui un exemplar de 1.080 receptes de cuina, l'emblemàtica obra de Simone Ortega que va canviar els paladars i va elevar la qualitat de la cuina popular a Espanya. La seva autora va morir ahir a Madrid, amb 89 anys, després d'una vida dedicada a pregonar el plaer per cuinar i per menjar, adaptant les receptes de la seva àvia i la seva mare. En va vendre més de tres milions i mig d'exemplars en més de 40 edicions.
"Heu fet feliç una vella dama que sempre ha necessitat amistat, amor... i xocolata", va dir Ortega al rebre, fa uns dos anys, la medalla de l'Orde de les Arts i de les Lletres de la República francesa. Tot i aquesta passió no hi va dedicar cap llibre. Sí als formatges espanyols, els potatges i els plats de cullera en general.
El seu nom de pila era Simone Klein Ansaldy i va néixer a Barcelona el 29 de maig de 1919. Per les seves venes corria sang alsaciana, borgonyesa i italiana, però es va traslladar a viure a Madrid amb nou anys. Es va casar als 23 i va quedar viuda dos anys després, però es va tornar a casar als 30 anys amb José Ortega Spottorno, cofundador del grup editorial Prisa i fill del filòsof José Ortega y Gasset, que llavors era al capdavant d'Alianza Editorial, que va publicar la seva obra.

SUPORT DEL MARIT
Va ser el seu marit el que la va animar a recopilar els secrets de cuina que va heretar de la seva àvia i de la seva mare. La popular obra es va publicar just en el moment en què les espanyoles trencaven amb l'educació tradicional de conquistar els homes per l'estómac i s'incorporaven al mercat de treball. A elles, que no tenien ni temps ni ganes de cuinar, es va dirigir en especial Ortega amb les seves receptes senzilles --el manual també va ser indispensable per als homes que van descobrir el seu amor pels fogons als 70--, que donaven com a resultat uns plats "comestibles i presentables", com va assenyalar en una entrevista feta per aquest diari fa set anys.
Tot i que a casa seva hi havia cuinera, Simone Ortega experimentava amb les receptes de la seva àvia fins a tres vegades abans de donar-los llum verda. Va donar modernitat a la cuina tradicional, que fins llavors només tenia com a devocionari gastronòmic de capçalera el rígid --per la tapes i la prosa-- manual de la Sección Femenina. Així va obrir els paladars de la classe mitjana emergent a productes desconeguts aleshores, com els xampinyons o la preparació de salses amb nata.
No es considerava una crítica gastronòmica però va advertir els francesos de l'avanç imparable dels xefs espanyols. I va sentenciar que la cuina basca era la millor pels seus productes naturals però que a Catalunya "es cuina molt millor".

miércoles, 25 de junio de 2008

Dylan descol.loca els seus fans




Foto robada Dylan, que veta els fotògrafs, al concert de dilluns a Saragossa. Foto: ÁNGEL DE CASTRO
Foto robada Dylan, que veta els fotògrafs, al concert de dilluns a Saragossa. Foto: ÁNGEL DE CASTRO



1. • L'artista es va implicar a la seva manera a l'Expo cantant 'A hard rain's a-gonna fall'



NACHO PARA
BARCELONA

N'hi hauria d'haver prou amb els gestos, tan rars i tan significatius com sempre en ell. Cantar A hard rain's a-gonna fall a Saragossa, estrenar en directe la jazzera Million miles a Andorra, és una forma com qualsevol altra de mostrar afecte. No tothom ho entén, és clar. És sabut que Bob Dylan fuig de qualsevol cosa que l'identifiqui com un artista de masses. La decepció arriba quan el públic espera la foto fixa del Dylan que mantenen a la seva retina, potser el compromès i visionari Dylan de Blowin' in the wind, i qui apareix sobre l'escenari és un vell i taciturn cowboy que remuga les cançons, que no vol càmeres, que s'escora en un racó de l'escenari i no diu ni bona nit.
No es pot resoldre una equació sense saber matemàtiques. El logaritme dylanià requereix conèixer certes claus. Els cronistes preocupats a saber si Dylan va menjar bolets a Andorra o cecina a Aragó difícilment podran veure que el repertori de dilluns passat a l'Expo de Saragossa va ser un dels més complets, simbòlics i més ben trenats de la seva carrera.
D'entrada, una declaració d'amor: I'll be your baby tonight. Després, un impressionant repòquer de clàssics: Don't think twice, it's all right, All along the watchtower, Just like a woman, Highway 61 revisited i Like a rolling stone. A mig concert, una de les seves millors cançons recents: Things have changed (l'estatueta de l'Oscar que va guanyar amb ella encara la col.loca a manera d'amulet darrere l'amplificador). I com a guinda, la commovedora When the deal goes down, del seu disc Modern times (2006), escrita amb l'actriu Scarlett Johansson en ment, que va acabar protagonitzant un bonic videoclip per a la cançó.
Els vells fans, com gairebé sempre, van sortir en un núvol. Els neòfits, com gairebé sempre, es van sentir una mica decebuts pel deteriorament de la seva veu i l'aparent desgana que l'aclapara, aspectes que no molesten gens els seus incondicionals, que han après amb els anys a buscar l'essència de la cançó per sobre del xou interpretatiu. A Andorra, diumenge passat, van brillar Tryin' to the get heaven, Visions of Johana, Sugar baby, Ballad of a thin man i, aquest cop sí, Blowin' in the wind. Un altre gest de complicitat amb els seus fans: ja que és la primera vegada que canto aquí, tancaré amb la cançó que més coneixeu, va semblar pensar Dylan.
La gira continua amb un altre concert avui a Pamplona, el 27 de juny a Vigo i el 28 a Hoyos de Espino (Àvila). Al juliol l'esperen set cites més: Conca (1), Alacant (2), Lorca (4), Jaén (5), Arganda del Rey (6), Jerez (8) i Mèrida (10).

miércoles, 14 de mayo de 2008

Tres dones egípcies converteixen les seves webs personals en llibres d'èxit


somrients


Una imatge de les tres autores de llibres supervendes a Egipte. Foto: KIM AMOR" height="177" width="250">
Blocaires somrients Una imatge de les tres autores de llibres supervendes a Egipte. Foto: KIM AMOR
KIM AMOR
EL CAIRE
Ghada Abdelal és una jove egípcia que ha revolucionat el món editorial del seu país. El bloc personal que va obrir fa només dos anys ha sortit al mercat en forma de llibre imprès i s'ha convertit en un supervendes. Porta per títol Vull casar-me, una sàtira sobre els matrimonis pactats. Com a introducció, Abdelal escriu: "Sóc una de les 15 milions de noies, d'edats compreses entre els 25 i 35 anys, que reben pressions cada dia de la societat per casar-se". El llibre, escrit en àrab dialectal egipci, es va posar a la venda al febrer i ja va per la tercera edició, una cosa insòlita.
"Aquí, la gran majoria de noies s'acaben casant amb homes que amb prou feines coneixen", explica Abdelal al jardí del centre cultural Siwa del Caire. "La noia a penes veu tres o quatre vegades el seu futur marit i hi parla abans del casament", afegeix. Abdelal, farmacèutica de 29 anys, no ha passat per l'adreçador, i això que de pretendents no n'hi han faltat. Des que es va graduar, fa vuit anys, ha rebut, de forma directa o indirecta, unes 50 propostes de matrimoni: "A molts dels pretendents ni tan sols els vaig arribar a veure; va ser el meu entorn el que em va dir que estaven interessats per mi".
Amb un estil directe i desenfadat, però carregat de fortes dosis d'ironia i crítica, l'autora explica al llibre divertides anècdotes relacionades amb la seva experiència personal. Entre grans riallades, recorda el cas del seu primer pretendent, un fisioterapeuta que es va plantar un dia a casa seva: "Em va dir que una de les seves principals qualitats era imitar les veus dels actors. '¡Quina carrera més brillant!', vaig pensar. Després es va asseure a la sala d'estar a mirar un partit de futbol".
Ara reconeix que, des que ha publicat el llibre, ningú ha tornat a demanar la seva mà. Segons afirma, una altra vegada entre rialles, "perquè potser tenen por que pugui parlar d'ells al meu bloc".

Més pressió a l'interior
Abdelal, que treballa en un hospital públic, adverteix que la pressió matrimonial és molt més forta a l'interior del país, com a Mahalla, al nord del Caire, on resideix. "A la meva ciutat, ser soltera a la meva edat és un problema, i es converteix en un desastre als 30". Però això és una cosa que a ella no la preocupa: "Casar-me no forma part de les meves prioritats, al contrari del que els passa a la majoria de noies del meu país". Ara està preparant un altre llibre i estudia per ser guionista de cine, que és al que es vol dedicar.
Però Abdelal no és l'única que ha obtingut un èxit sonat amb la versió impresa del seu bloc on line. La mateixa editorial també ha tret al mercat, i amb un nombre similar de vendes, els títols de dues blocaires més: Aquest és el meu ball, de Ghada Mohammad Mahmud, i Arròs amb llet per a dos, de Rehab Bassam. En tots dos casos, la temàtica és molt àmplia. Els seus escrits, reflexions i vivències quotidianes reflecteixen d'una manera espontània i oberta part de la realitat de la societat egípcia. Aquest és probablement el secret del seu èxit. "Les persones, sobretot les dones que llegien els nostres blocs i després han llegit els llibres s'hi senten identificades; les nostres històries són les seves", subratlla Mahmud, de 24 anys, casada i embarassada del seu primer fill.
Llicenciada en filologia anglesa i lectora empedreïda --admira les escriptores Sylvia Path, Emily Dickinson i Isabel Allende-- Mahmud afirma que el bloc que va obrir fa tres anys l'ha ajudat a depurar el seu estil literari, en què també utilitza l'àrab dialectal. Quan se li demana que esculli un dels relats curts d'Aquest és el meu ball, esmenta el que tracta sobre l'assetjament sexual "verbal i físic" que pateixen moltes dones als carrers d'Egipte.
"En aquesta mena de situacions les dones ens protegim les unes a les altres; això és el que intento explicar en aquest capítol en què relato un cas que em va passar a mi", assenyala davant la mirada de les seves companyes.

Ficció i realitat
Rehab Bassam, pel seu costat, és l'única de les tres que barreja textos de ficció amb realitat. Va ser la primera que va penjar el seu diari a la xarxa, el 2004: "Internet s'ha convertit en un camp obert per a l'expressió lliure; per això em va atraure tant. Crec que per començar a escriure és necessari parlar primer de les coses que coneixes, que has après a través de la teva experiència. I això he fet".
És la més gran de les tres blocaires. Té 30 anys, treballa com a traductora i tot i que també és musulmana, no es tapa els cabells amb el vel islàmic. "He crescut en el si d'una família en què no s'ha donat mai importància a la religió que un professa, sinó a la persona com a ésser humà", diu. El seu llibre és una guia per conèixer els esdeveniments polítics i socials d'Egipte en quatre anys.
A les tres populars blocaires els agradaria veure algun dia traduïts els seus llibres a altres idiomes. Seria una bona oportunitat perquè lectors de la resta del món poguessin conèixer més bé la complexa societat egípcia sota les mirades de tres dones plenes de vitalitat.

jueves, 8 de mayo de 2008

Arqueólogos alemanes hallan el palacio de la Reina de Saba

Fragmento del fresco 'Salomón y la Reina de Saba' de Tibaldi, conservado en El Escorial

Fragmento del fresco 'Salomón y la Reina de Saba' de Tibaldi, conservado en El Escorial-

Su antiguo Reino, referido en la Biblia y el Corán, se encontraba en la zona de Etiopía

Arqueólogos alemanes han encontrado los restos del palacio de la legendaria reina de Saba en la localidad de Axum, en Etiopía, y desvelado con ello uno de los mayores misterios de la antigüedad, según anunció hoy la Universidad de Hamburgo. "Un grupo de científicos bajo la dirección del profesor Helmut Ziegert ha encontrado durante una investigación de campo llevada a cabo esta primavera el palacio de la reina de Saba, datado en el siglo X antes de nuestra era, en Axum-Dungur", señala un comunicado de la citada universidad.

Etiopía

Etiopía

A FONDO

Capital:
Addis Abeba.
Gobierno:
República Federal.
Población:
73.053.286

La noticia en otros webs

La nota subraya que "en ese palacio pudo estar custodiada durante un tiempo el Arca de la Alianza", donde, según fuentes históricas y religiosas, se guardaban las tablas con los Diez Mandamientos que Moisés recibió de Dios en el monte Sinaí. Los restos de la residencia de la reina de Saba fueron hallados bajo el palacio de un rey cristiano.

"Las investigaciones han revelado que el primer palacio de la reina de Saba fue trasladado poco después de su construcción y levantado de nuevo orientado hacia la estrella de Sirius", destacan los arqueólogos de la Universidad de Hamburgo.

Estos presumen que Menelik I, rey de Etiopía e hijo de la reina de Saba y del rey Salomón de Jerusalén, fue quien ordenó levantar el palacio en su lugar final. Los arqueólogos alemanes destacan que en ese palacio había un altar, en el que probablemente reposó el Arca de la Alianza, que según la tradición era un cofre de madera de acacia recubierto de oro.

Las numerosas ofrendas que los científicos germanos encontraron en torno al lugar donde debió de estar el altar han sido valoradas por los expertos como una clara señal de que la especial relevancia del lugar se ha transmitido a lo largo de los siglos. El equipo en torno al profesor Ziegert estudia en Axtum desde 1999 la historia de los principios del reino de Etiopía y de la iglesia ortodoxa etíope. "Los resultados actuales indican que, con el Arca de la Alianza y el judaísmo, llegó a Etiopía el culto a Sothis, que se mantuvo hasta el siglo VI de nuestra era", afirman los arqueólogos germanos

Dicho culto, relacionado con la diosa egipcia Sopdet y la estrella Sirius, traía consigo que "todos los edificios de culto se orientasen hacia el nacimiento" de esa constelación, comenta la nota universitaria. Finalmente revela que "los restos encontrados de sacrificios de reses vacunas son una característica también" del culto a Sirius practicado por los descendientes de la reina de Saba.

Els negatius de Mèxic amplien l'obra de la companya de Capa


  1. Fotografies que van ser atribuïdes al reporter o que no tenien un autor clar corresponen a Gerda Taro
  2. Entre les 3.500 imatges també n'apareixen algunes de David Seymour i Fred Stein
 Taro i Capa, fotografiats el 1935 per Fred Stein. Foto:  FRED STEIN
Taro i Capa, fotografiats el 1935 per Fred Stein. Foto: FRED STEIN
Taro i Capa, fotografiats el 1935 per Fred Stein.
Taro i Capa, fotografiats el 1935 per Fred Stein.

MÉS INFORMACIÓ

ERNEST ALÓS
BARCELONA
La troballa dels negatius perduts de Robert Capa a Mèxic s'ha convertit en una oportunitat única per seguir redescobrint la figura de Gerda Taro com la gran pionera femenina del fotoperiodisme, injustament oculta rere la imatge de "la nòvia de Capa a qui van matar a la guerra", en paraules de Kristen Lubben, comissària de l'exposició que el Centre Internacional de Fotografia (ICP) de Nova York va dedicar la tardor passada a la fotoperiodista hongaresa. Un dels primers fruits de l'anàlisi dels negatius retrobats ha estat poder atribuir a Gerda Taro imatges que va firmar conjuntament amb Robert Capa mentre treballaven en equip i que, de forma rutinària, s'havien atribuït prioritàriament al cofundador de Magnum. "Estem tornant a Taro el seu treball", va explicar dimarts Lubben a Barcelona.
De fet, segons la conservadora adjunta de l'ICP, a més d'ampliar el nombre d'imatges conegudes o reproduïbles de Capa i completar sèries de fotografies per reconstruir així el seu mètode de treball, una de les principals conseqüències del descobriment serà "deixar clara la qualitat del material de Taro i revelar la de David Seymour, Chim".

UN SEGELL VERMELL
De moment, l'ICP, fundat pel germà de Robert Capa, Cornell Capa, ha identificat tots els reportatges --es confirma que no hi apareix la seqüència del milicià mort a Cerro Muriano-- i ha obtingut còpies de qualitat dels negatius d'una de les tres capses conservades durant decennis pels hereus d'un general mexicà, la que contenia sobres amb tires de pel.lícula tallades. Ja s'ha confirmat una primera sorpresa: els 3.500 negatius de Capa corresponen, a parts iguals, a Robert Capa, a Gerda Taro i a David Seymour, Chim, amb l'afegit d'un parell de rodets d'un altre fotògraf reconegut, l'emigrat alemany Fred Stein.
L'alemanya Gerta Pohorylle i l'hongarès Andre Friedman van treballar en equip des que van inventar al mateix temps els seus pseudò-
nims --que sonaven a Greta Garbo i Frank Capra-- i firmaven conjuntament els seus treballs. Però el fet que utilitzessin formats diferents --ell, una Leica de 35 mm, amb fotografies rectangulars, ella una Rolley, amb negatius quadrats-- ha permès posteriorment atribuir correctament les fotos que van enviar des dels fronts de la guerra civil espanyola. Però des del mes de febrer del 1937 Capa va passar la seva vella càmera a Taro, de manera que es va fer difícil distingir les imatges de l'un i de l'altre fins a la mort de Taro a la batalla de Brunete, el juliol d'aquell mateix any. Fins i tot en els quaderns de contactes (reproduccions positivades de mida petita) estava barrejat el treball de tots dos. "Eren un equip fotogràfic, fins i tot aquests fulls revelen la seva mentalitat col.lectivista", opina Lubben.
Aquí és on apareixen els sobres de les capses mexicanes: molts amb el segell Photo Taro, ja han permès atribuir a la fotògrafa imatges d'autoria fins al moment indistingible, com les dels bombardejos de València i l'enterrament del general Luckács.
En aquests sobres, va avançar dimarts Kristen Lubben en una conferència organitzada per KRTU, han aparegut també imatges inèdites, com algunes en què es veu l'ombra de Taro mentre fotografia. Fins aleshores, la tendència a atribuir imatges a Capa va arribar a nivells absurds: Lubben recorda que una fotografia de Capa filmant amb una càmera de cinema a Segòvia, que va ser feta per Taro, havia estat identificada com un autoretrat.
L'exposició de l'ICP, que el CCCB vol portar a Barcelona, ja va suposar la consagració de Taro com a autora amb una personalitat pròpia. Segons la comissària de la mostra, alguns tics estilístics identifiquen Taro. Com per exemple, els contrapicats heroics de milicians que revelaven la influència de l'estètica soviètica en Taro. O també la forma com els fotografiats interactuen amb la fotoperiodista. "Es pot veure en alguns casos com hi flirtejaven: ens podríem preguntar si això fa que el treball de les fotògrafes sigui en algun cas diferent", apunta Lubben. Però cap imatge com les dels primers plans al dipòsit de cadàvers de València després d'un bombardeig mostren "una fotògrafa tan diferent de tot el que havia fet Capa, molt més macabra".

miércoles, 23 de abril de 2008

Candid Camera
The cult of Leica.
by Anthony Lane September 24, 2007

Leica advertising from 1935, when the camera was widely in use by Europeans.

Leica advertising from 1935, when the camera was widely in use by Europeans.


Fifty miles north of Frankfurt lies the small German town of Solms. Turn off the main thoroughfare and you find yourself driving down tranquil suburban streets, with detached houses set back from the road, and, on a warm morning in late August, not a soul in sight. Nobody does bourgeois solidity like the Germans: you can imagine coming here for coffee and cakes with your aunt, but that would be the limit of excitement. By the time you reach Oskar-Barnack-Strasse, the town has almost petered out; just before the railway line, however, there is a clutch of industrial buildings, with a red dot on the sign outside. As far as fanfare is concerned, that’s about it. But here is the place to go, if you want to find the most beautiful mechanical objects in the world.

Many people would disagree. Bugatti fans, for instance, would direct your attention to the Type 57 Atlantic, the only car I know that appears to have been designed by masseuses. Personally, I would consider it a privilege to die at the wheel of a Lamborghini Miura—not difficult, when you’re nudging a hundred and seventy m.p.h. and waving at passersby. But automobiles need gas, whereas the truest mechanisms run on nothing but themselves. What is required is a machine constructed with such skill that it renders every user—from the pro to the banana-fingered fumbler—more skillful as a result. We need it to refine and lubricate, rather than block or coarsen, our means of engagement with the world: we want to look not just at it, however admiringly, but through it. In that case, we need a Leica.

There have been Leica cameras since 1925, when the Leica I was introduced at a trade fair in Leipzig. From then on, as the camera has evolved over eight decades, generations of users have turned to it in their hour of need, or their millisecond of inspiration. Aleksandr Rodchenko, André Kertész, Walker Evans, Henri Cartier-Bresson, Robert Capa, Robert Frank, William Klein, Garry Winogrand, Lee Friedlander, and Sebastião Salgado: these are some of the major-league names that are associated with the Leica brand—or, in the case of Cartier-Bresson, stuck to it with everlasting glue.

Even if you don’t follow photography, your mind’s eye will still be full of Leica photographs. The famous head shot of Che Guevara, reproduced on millions of rebellious T-shirts and student walls: that was taken on a Leica with a portrait lens—a short telephoto of 90 mm.—by Alberto Díaz Gutiérrez, better known as Korda, in 1960. How about the pearl-gray smile-cum-kiss reflected in the wing mirror of a car, taken by Elliott Erwitt in 1955? Leica again, as is the even more celebrated smooch caught in Times Square on V-J Day, 1945—a sailor craned over a nurse, bending her backward, her hand raised against his chest in polite half-protestation. The man behind the camera was Alfred Eisenstaedt, of Life magazine, who recalled:

I was running ahead of him with my Leica, looking back over my shoulder. But none of the pictures that were possible pleased me. Then suddenly, in a flash, I saw something white being grabbed. I turned around and clicked.

He took four pictures, and that was that. “It was done within a few seconds,” he said. All you need to know about the Leica is present in those seconds. The photographer was on the run, so whatever he was carrying had to be light and trim enough not to be a drag. He swivelled and fired in one motion, like the Sundance Kid. And everything happened as quickly for him as it did for the startled nurse, with all the components—the angles, the surrounding throng, the shining white of her dress and the kisser’s cap—falling into position. Times Square was the arena of uncontrolled joy; the job of the artist was to bring it under control, and the task of his camera was to bring life—or, at least, an improved version of it, graced with order and impact—to the readers of Life.

Still, why should one lump of metal and glass be better at fulfilling that duty than any other? Would Eisenstaedt really have been worse off, or failed to hit the target, with another sort of camera? These days, Leica makes digital compacts and a beefy S.L.R., or single-lens reflex, called the R9, but for more than fifty years the pride of the company has been the M series of 35-mm. range-finder cameras—durable, companionable, costly, and basically unchanging, like a spouse. There are three current models, one of which, the MP, will set you back a throat-drying four thousand dollars or so; having stood outside dustless factory rooms, in Solms, and watched women in white coats and protective hairnets carefully applying black paint, with a slender brush, to the rim of every lens, I can tell you exactly where your money goes. Mind you, for four grand you don’t even get a lens—just the MP body. It sits there like a gum without a tooth until you add a lens, the cheapest being available for just under a thousand dollars. (Five and a half thousand will buy you a 50-mm. f/1, the widest lens on the market; for anybody wanting to shoot pictures by candlelight, there’s your answer.) If you simply want to take a nice photograph of your children, though, what’s wrong with a Canon PowerShot? Yours online for just over two hundred bucks, the PowerShot SD1000 will also zoom, focus for you, set the exposure for you, and advance the frame automatically for you, none of which the MP, like some sniffing aristocrat, will deign to do. To make the contest even starker, the SD1000 is a digital camera, fizzing with megapixels, whereas the Leica still stores images on that frail, combustible material known as film. Short of telling the kids to hold still while you copy them onto parchment, how much further out of touch could you be?

To non-photographers, Leica, more than any other manufacturer, is a legend with a hint of scam: suckers paying through the nose for a name, in a doomed attempt to crank up the credibility of a picture they were going to take anyway, just as weekend golfers splash out on a Callaway Big Bertha in a bid to convince themselves that, with a little more whippiness in their shaft, they will swell into Tiger Woods. To unrepentant aesthetes, on the other hand, there is something demeaning in the idea of Leica. Talent will out, they say, whatever the tools that lie to hand, and in a sense they are right: Woods would destroy us with a single rusty five-iron found at the back of a garage, and Cartier-Bresson could have picked up a Box Brownie and done more with a roll of film—summoning his usual miracles of poise and surprise—than the rest of us would manage with a lifetime of Leicas. Yet the man himself was quite clear on the matter:


I have never abandoned the Leica, anything different that I have tried has always brought me back to it. I am not saying this is the case for others. But as far as I am concerned it is the camera. It literally constitutes the optical extension of my eye.

Asked how he thought of the Leica, Cartier-Bresson said that it felt like “a big warm kiss, like a shot from a revolver, and like the psychoanalyst’s couch.” At this point, five thousand dollars begins to look like a bargain.

Many reasons have been adduced for the rise of the Leica. There is the hectic progress of the illustrated press, avid for photographs to fill its columns; there is the increased mobility, spending power, and leisure time of the middle classes, who wished to preserve a record of these novel blessings, if not for posterity, then at least for show. Yet the great inventions, more often than not, are triggered less by vast historical movements than by the pressures of individual chance—or, in Leica’s case, by asthma. Every Leica employee who drives down Oskar-Barnack-Strasse is reminded of corporate glory, for it was Barnack, a former engineer at Carl Zeiss, the famous lens-makers in Jena, who designed the Leica I. He was an amateur photographer, and the camera had first occurred to him, as if in a vision, in 1905, twenty years before it actually went on sale:


Back then I took pictures using a camera that took 13 by 18 plates, with six double-plate holders and a large leather case similar to a salesman’s sample case. This was quite a load to haul around when I set off each Sunday through the Thüringer Wald. While I struggled up the hillsides (bearing in mind that I suffer from asthma) an idea came to me. Couldn’t this be done differently?

Five years later, Barnack was invited to work for Ernst Leitz, a rival optical company, in Wetzlar. (The company stayed there until 1988, when it was sold, and the camera division, renamed Leica, shifted to Solms, fifteen minutes away.) By 1913-14, he had developed what became known as the ur-Leica: a tough, squat rectangular metal box, not much bigger than a spectacles case, with rounded corners and a retractable brass lens. You could tuck it into a jacket pocket, wander around the Thuringer woods all weekend, and never gasp for breath. The extraordinary fact is that, if you were to place it next to today’s Leica MP, the similarities would far outweigh the differences; stand a young man beside his own great-grandfather and you get the same effect.

Barnack took a picture on August 2, 1914, using his new device. Reproduced in Alessandro Pasi’s comprehensive study, “Leica: Witness to a Century” (2004), it shows a helmeted soldier turning away from a column on which he has just plastered the imperial order for mobilization. This was the first hint of the role that would fall to Leicas above all other cameras: to be there in history’s face. Not until the end of hostilities did Barnack resume work on the Leica, as it came to be called. (His own choice of name was Lilliput, but wiser counsels prevailed.) Whenever you buy a 35-mm. camera, you pay homage to Barnack, for it was his handheld invention that popularized the 24-mm.-by-36-mm. negative—a perfect ratio of 2:3—adapted from cine film. According to company lore, he held a strip of the new film between his hands and stretched his arms wide, the resulting length being just enough to contain thirty-six frames—the standard number of images, ever since, on a roll of 35-mm. film. Well, maybe. Does this mean that, if Barnack had been more of an ape, we might have got forty?

When the Leica I made its eventual début, in 1925, it caused consternation. In the words of one Leica historian, quoted by Pasi, “To many of the old photographers it looked like a toy designed for a lady’s handbag.” Over the next seven years, however, nearly sixty thousand Leica I’s were sold. That’s a lot of handbags. The shutter speeds on the new camera ran up to one five-hundredth of a second, and the aperture opened wide to f/3.5. In 1932, the Leica II arrived, equipped with a range finder for more accurate focussing. I used one the other day—a mid-thirties model, although production lasted until 1948. Everything still ran sweetly, including the knurled knob with which you wind on from frame to frame, and the simplicity of the design made the Leica an infinitely more friendly proposition, for the novice, than one of the digital monsters from Nikon and Canon. Those need an instruction manual only slightly smaller than the Old Testament, whereas the Leica II sat in my palms like a puppy, begging to be taken out on the streets.

That is how it struck not only the public but also those for whom photography was a living, or an ecstatic pursuit. A German named Paul Wolff acquired a Leica in 1926 and became a high priest to the brand, winning many converts with his 1934 book “My Experiences with the Leica.” His compatriot Ilsa Bing, born to a Jewish family in Frankfurt, was dubbed “the Queen of the Leica” after an exhibit in 1931. She had bought the camera in 1929, and what is remarkable, as one scrolls through a roster of her peers, is how quickly, and infectiously, the Leica habit caught on. Whenever I pick up a book of photographs, I check the chronology at the back. From a monograph by the Hungarian André Kertész, the most wistful and tactful of photographers: “1928—Purchases first Leica.” From the catalogue of the 1998 Aleksandr Rodchenko show at MOMA: “1928, November 25—Stepanova’s diary records Rodchenko’s purchase of a Leica for 350 rubles.” And on it goes.

The Russians were among the first and fiercest devotees, and anyone who craves the Leica as a pure emblem of capitalist desire—what Marx would call commodity fetishism—may also like to reflect on its status, to men like Rodchenko, as a weapon in the revolutionary struggle. Never a man to be tied down (he was also a painter, sculptor, and master of collage), he nonetheless believed that “only the camera is capable of reflecting contemporary life,” and he went on the attack, craning up at buildings and down from roofs, tipping his Leica at flights of steps and street parades, upending the world as if all its old complacencies could be shaken out of the bottom like dust. There is a gorgeous shot from 1934 entitled “Girl with a Leica,” in which his subject perches politely on a bench that arrows diagonally, and most impolitely, from lower left to upper right. She wears a soft white beret and dress, and her gaze is blank and misty, but thrown over the scene, like a net, is the shadow of a window grille—modernist geometry at war with reactionary decorum. The object she clasps in her lap, its strap drawn tightly over her shoulder, is of the same make as the one that created the picture.

When it came to off-centeredness, Rodchenko’s fellow-Russian Ilya Ehrenburg went one better. “A camera is clumsy and crude. It meddles insolently in other people’s affairs,” he wrote in 1932. “Ours is a guileful age. Following man’s example, things have also learned to dissemble. For many months I roamed Paris with a little camera. People would sometimes wonder: why was I taking pictures of a fence or a road? They didn’t know that I was taking pictures of them.” Ehrenburg had solved the problem of meddling by buying an accessory: “The Leica has a lateral viewfinder. It’s constructed like a periscope. I was photographing at 90 degrees.” The Paris that emerged—poor, grimy, and unposed—was a moral rebuke to the myth of bohemian chic.

You can still buy a right-angled viewfinder for a new Leica, if you’re too shy or sneaky to confront your subjects head-on, although the basic thrust of Leica technique has been to insist that no extra subterfuge is required: the camera can hide itself. If I had to fix the source of that reticence, I would point to Marseilles in 1932. It was then that Cartier-Bresson, an aimless young Frenchman from a wealthy family, bought his first Leica. He proceeded to grow into the best-known photographer of the twentieth century, in spite (or, as he would argue, because) of his ability to walk down a street not merely unrecognized but unnoticed. He began as a painter, and continued to draw throughout his life, but his hand was most comfortable with a camera.

When I spoke to his widow, Martine Franck—the president of the Henri Cartier-Bresson Foundation, in Paris, and herself a distinguished photographer—she said that her husband in action with his Leica “was like a dancer.” This feline unobtrusiveness led him all over the world and made him seem at home wherever he paused; one trip to Asia lasted three years, ending in 1950, and produced eight hundred and fifty rolls of film. His breakthrough collection, published two years later, was called “The Decisive Moment,” and he sought endless analogies for the sensation that was engendered by the press of a shutter. The most common of these was hunting: “The photographer must lie in wait, watching out for his prey, and have a presentiment of what is about to happen.”

There, if anywhere, is the Leica motto: watch and wait. If you were a predator, the moment—not just for Cartier-Bresson, but for all photographers—became that much more decisive in 1954. “Clairvoyance” means “clear sight,” and when Leica launched the M3 that year, the clarity was a coup de foudre; even now, when you look through a used M3, the world before you is brighter and crisper than seems feasible. You half expect to feel the crunch of autumn leaves beneath your feet. A Leica viewfinder resembles no other, because of the frame lines: thin white strips, parallel to each side of the frame, which show you the borders of the photograph that you are set to take—not merely the lie of the land within the shot, but also what is happening, or about to happen, just outside. This is a matter of millimetres, but to Leica fans it is sacred, because it allows them to plan and imagine a photograph as an act of storytelling—an instant grabbed at will from a continuum. If you want a slice of life, why not see the loaf?

The M3 had everything, although by the standards of today it had practically nothing. You focussed manually, of course, and there was nothing to help you calculate the exposure; either you carried a separate light meter, or you clipped one awkwardly to the top of the camera, or, if you were cool, you guessed. Cartier-Bresson was cool. Martine Franck is still cool: “I think I know my light by now,” she told me. She continues to use her M3: “I’ve never held a camera so beautiful. It fits the hand so well.” Even for people who know nothing of Cartier-Bresson, and for whom 1954 is as long ago as Pompeii, something about the M3 clicks into place: last year, when eBay and Stuff magazine, in the U.K., took it upon themselves to nominate “the top gadget of all time,” the Game Boy came fifth, the Sony Walkman third, and the iPod second. First place went to an old camera that doesn’t even need a battery. If the Queen subscribes to Stuff, she will have nodded in approval, having owned an M3 since 1958. Her Majesty is so wedded to her Leica that she was once shown on a postage stamp holding it at the ready.

It’s no insult to call the M3 a gadget. Such beauty as it possesses flows from its scorn for the superfluous; as any Bauhaus designer could tell you, form follows function. The M series is the backbone of Leica; we are now at the M8 (which at first glance is barely distinguishable from the M3), and, with a couple of exceptions, every intervening camera has been a classic. Richard Kalvar, who rose to become president of the Magnum photographic agency during the nineties, remembers hearing the words of a Leica fan: “I know I’m using the best, and I don’t have to think about it anymore.” Kalvar bought an M4 and never looked back: “It’s almost a part of me,” he says. Ralph Gibson, whose photographs offer an unblinking survey of the textures that surround us, from skin to stone, bought his first Leica, an M2 (which, confusingly, postdated the M3), in 1961. It cost him three hundred dollars, which, considering that he was earning a hundred a week, was quite an outlay, but his loyalty is undimmed. “More great photographs have been made with a Leica and a 50-mm. lens than with any other combination in the history of photography,” Gibson said to me. He advised Leica beginners to use nothing except that standard lens for two or three years, so as to ease themselves into the swing of the thing: “What you learn you can then apply to all the other lengths.”

One could argue that, since the nineteen-fifties and sixties, the sense of Europe as the spiritual hearth of Leica, with the Paris of Kertész and Cartier-Bresson glowing at its core, has been complemented, if not superseded, by America’s attraction to the brand. The Russian love of the angular had exploited the camera’s portability (you try bending over a window ledge with a plate camera); the French had perfected the art of reportage, netting experience on the wing; but the Leicas that conquered America—the M3, the M4, and later the M6, with built-in metering and the round red Leica logo on the front—were wielded with fresh appetite, biting at the world and slicing it off in unexpected chunks. Lee Friedlander, photographing a child in New York, in 1963, thought nothing of bringing the camera down to the boy’s eye level, and thus semi-decapitating the grownups who stood beside him. (All kids dream of that sometime.) Men and women were reflected in storefront windows, or obscured by street signs; many of the photographs shimmered on the brink of a mistake. “With a camera like that,” Friedlander has said of the Leica, “you don’t believe that you’re in the masterpiece business. It’s enough to be able to peck at the world.” One shot of his, from 1969, traps an entire landscape of feeling—a boundless American sky, salted with high clouds, plus Friedlander’s wife, Maria, with her lightly smiling face—inside the cab of a single truck, layering what we see through the side window with what is reflected in it. I know of long novels that tell you less.

Before Friedlander came Robert Frank, born in Switzerland; only someone from a mountainous country, perhaps, could come here and view the United States as a flat and tragic plain. “The Americans” (1958), the record of his travels with a Leica, was mostly haze, shade, and grain, stacked with human features resigned to their fate. No artist had ever studied a men’s room in such detail before, with everything from the mop to the hand dryer immortalized in the wide embrace of the lens; Jack Kerouac, who wrote the introduction to the book, lauded the result, taken in Memphis, Tennessee, as “the loneliest picture ever made, the urinals that women never see, the shoeshine going on in sad eternity.” Then, there was Garry Winogrand, the least exhaustible of all photographers. Frank’s eighty-three images may have been chosen from five hundred rolls of film, but when Winogrand died, in 1984, at the age of fifty-six, he left behind more than two and a half thousand rolls of film that hadn’t even been developed. He leavened the wistfulness of Frank with a documentary bluntness and a grinning wit, incessantly tilting his Leica to throw a scene off-balance and seek a new dynamic. His picture of a disabled man in Los Angeles, in 1969, could have been fuelled by pathos alone, or by political rage at an indifferent society, but Winogrand cannot stop tracking that society in its comic range; that is why we get not just the wheelchair and the begging bowl but also a trio of short-skirted girls, bunched together like a backup group, strolling through the Vs of shadow and sunlight, and a portly matron planted at the right of the frame—a stolid import from another age.

I recently found a picture of Winogrand’s M4. The metal is not just rubbed but visibly worn down beside the wind-on lever; you have to shoot a heck of a lot of photographs on a Leica before that happens. Still, his M4 is in mint condition compared with the M2 owned by Bruce Davidson, the American photographer whose work constitutes, among other things, an invaluable record of the civil-rights movement. And even his M2, pitted and peeled like the bark of a tree, is pristine compared with the Leica I saw in the display case at the Leica factory in Solms. That model had been in the Hindenburg when it went up in flames in New Jersey in 1937. The heat was so intense that the front of the lenses melted. So now you know: Leica engineers test their product to the limits, and they will customize it for you if you are planning a trip to the Arctic, but when you really want to trash your precious camera you need an exploding airship.

If you pick up an M-series Leica, two things are immediately apparent. First, the density: the object sits neatly but not lightly in the hand, and a full day’s shooting, with the camera continually hefted to the eye, leaves you with a faint but discernible case of wrist ache. Second, there is no lump. Most of the smarter, costlier cameras in the world are S.L.R.s, with a lumpy prism on top. Light enters through the lens, strikes an angled mirror, and bounces upward to the prism, where it strikes one surface after another, like a ball in a squash court, before exiting through the viewfinder. You see what your lens sees, and you focus accordingly. This happy state of affairs does not endure. As you take a picture, the mirror flips up out of the light path. The image, now unobstructed, reaches straight to the rear of the camera and, as the shutter opens, burns into the emulsion of the film—or, these days, registers on a digital sensor. With every flip, however, comes a flip side: the mirror shuts off access to the prism, meaning that, at the instant of release, your vision is blocked, and you are left gazing at the dark.

To most of us, this is not a problem. The instant passes, the mirror flips back down, and lo, there is light. For some photographers, though, the impediment is agony: of all the times to deny us the right to look at our subject, S.L.R.s have to pick this one? “Visualus interruptus,” Ralph Gibson calls it, and here is where the Leica M series plays its ace. The Leica is lumpless, with a flat top built from a single piece of brass. It has no prism, because it focusses with a range finder—situated above the lens. And it has no mirror inside, and therefore no clunk as the mirror swings. When you take a picture with an S.L.R., there is a distinctive sound, somewhere between a clatter and a thump; I worship my beat-up Nikon FE, but there is no denying that every snap reminds me of a cow kicking over a milk pail. With a Leica, all you hear is the shutter, which is the quietest on the market. The result—and this may be the most seductive reason for the Leica cult—is that a photograph sounds like a kiss.

From the start, this tinge of diplomatic subtlety has shaded our view of the Leica, not always helpfully. The M-series range finder feels made for the finesse and formality of black-and-white—yet consider the oeuvre of William Eggleston, whose unabashed use of color has delivered, through Leica lenses, a lesson in everyday American surrealism, which, like David Lynch movies, blooms almost painfully bright. Again, the Leica, with its range of wide-aperture lenses, is the camera for natural light, and thus inimical to flash, yet Lee Friedlander conjured a series of plainly flashlit nudes, in the nineteen-seventies, which finds tenderness and dignity in the brazen. Lastly, a Leica is, before anything else, a 35-mm. camera. Barnack shaped the Leica I around a strip of film, and the essential mission of the brand since then has been to guarantee that a single chemical event—the action of light on a photosensitive surface—passes off as smoothly as possible. Picture the scene, then, in Cologne, in the fall of 2006. At Photokina, the biennial fair of the world’s photographic trade, Leica made an announcement: it was time, we were told, for the M8. The M series was going digital. It was like Dylan going electric.

In a way, this had to happen. The tide of our lives is surging in a digital direction. My complete childhood is distilled into a couple of photograph albums, with the highlights, whether of achievement or embarrassment, captured in no more than a dozen talismanic stills, now faded and curling at the edges. Yet our own children go on one school trip and return with a hundred images stashed on a memory card: will that enhance or dilute their later remembrance of themselves? Will our experience be any the richer for being so retrievable, or could an individual history risk being wiped, or corrupted, as briskly as a memory card? Garry Winogrand might have felt relieved to secure those thousands of images on a hard drive, rather than on frangible film, although it could be that the taking of a photograph meant more to him than the printed result. The jury is out, but one thing is for sure: film is dwindling into a minority taste, upheld largely by professionals and stubborn, nostalgic perfectionists. Nikon now offers twenty-two digital models, for instance, while the “wide array of SLR film cameras,” as promised on its Web site, numbers precisely two.

Even a company like Leica, servant to the devout, has felt the brunt. For the fiscal year 2004-05, the company posted losses of almost twenty million euros (nearly twenty-six million dollars), and in 2005 the banks partially terminated its credit lines; in short, Leica was heading for extinction. Since then, there has been something of a turnaround. Major restructuring is still under way, with a new C.E.O.—a genial Californian called Steven K. Lee—brought in to oversee the changes. According to a report of June 20, 2007, the past year has seen the company inching back into profitability, and much of that improvement is due to the M8. The camera’s birth was fraught with complications, and reports streamed in from owners that in certain conditions, thanks to a glitch in the sensor, black was showing up on digital images as deep purple—troubling news if you happened to be shooting a portrait of Dracula, or a Guinness commercial. There were also rumblings about the quality of the focus, which is the last thing you expect from a Leica. One well-known photographer described the camera to me as “unusable,” and said he sometimes felt like throwing it against a wall. But the company responded: cameras were recalled to the factory, Lee signed four thousand letters of apology, and the crisis passed. Nevertheless, the camera still needs a filter fixed to every lens to correct its vision, and Leica will want to do better next time. When I asked Lee about the possibility of an M9—an upgraded M8, with all the kinks ironed out—he smiled and said nothing.

Lee knows what is at stake, being a Leica-lover of long standing. Asked about the difference between using his product and an ordinary camera, he replied: “One is driving a Morgan four-by-four down a country lane, the other one is getting in a Mercedes station wagon and going a hundred miles an hour.” The problem is that, for photographers as for drivers, the most pressing criterion these days is speed, and anything more sluggish than the latest Mercedes—anything, likewise, not tricked out with luxurious extras—belongs to the realm of heritage. There is an astonishing industry in used Leicas, with clubs and forums debating such vital areas of contention as the strap lugs introduced in 1933. There are collectors who buy a Leica and never take it out of the box; others who discreetly amass the special models forged for the Luftwaffe. Ralph Gibson once went to a meeting of the Leica Historical Society of America and, he claims, listened to a retired Marine Corps general give a scholarly paper on certain discrepancies in the serial numbers of Leica lens caps. “Leicaweenies,” Gibson calls such addicts, and they are part of the charming, unbreakable spell that the name continues to cast, as well as a tribute to the working longevity of the cameras. By an unfortunate irony, the abiding virtues of the secondhand slow down the sales of the new: why buy an M8 when you can buy an M3 for a quarter of the price and wind up with comparable results? The economic equation is perverse: “I believe that for every euro we make in sales, the market does four euros of business,” Lee said.

I have always wanted a Leica, ever since I saw an Edward Weston photograph of Henry Fonda, his noble profile etched against the sky, a cigarette between two fingers, and a Leica resting against the corduroy of his jacket. I have used a variety of cultish cameras, all of them secondhand at least, and all based on a negative larger than 35 mm.: a Bronica, a Mamiya 7, and the celebrated twin-lens Rolleiflex, which needs to be cupped at waist height. (“If the good Lord had wanted us to take photographs with a 6 by 6, he would have put eyes in our belly,” a scornful Cartier-Bresson said.) But I have never used a Leica. Now I own one: a small, dapper digital compact called the D-Lux 3. It has a fine lens, and its grace note is a retro leather case that makes me feel less like Henry Fonda and more like a hiker named Helmut, striding around the Black Forest in long socks and a dark-green hat with a feather in it; but a D-Lux 3 is not an M8. For one thing, it doesn’t have a proper viewfinder. For another, it costs close to six hundred dollars—the upper limit of my budget, but laughably cheap to anyone versed in the M series. So, to discover what I was missing, I rented an M8 and a 50-mm. lens for four hours, from a Leica dealer, and went to work.

If you can conquer the slight queasiness that comes from walking about with seven thousand dollars’ worth of machinery hanging around your neck, an afternoon with the M8 is a dangerously pleasant groove to get into. I can understand that, were you a sports photographer, perched far away from the action, or a paparazzo, fighting to squeeze off twenty consecutive frames of Britney Spears falling down outside a night club, this would not be your tool of choice, but for more patient mortals it feels very usable indeed. This is not just a question of ergonomics, or of the diamond-like sharpness of the lens. Rather, it has to do with the old, bewildering Leica trick: the illusion, fostered by a mere machine, that the world out there is asking to be looked at—to be caught and consumed while it is fresh, like a trout. Ever since my teens, as one substandard print after another glimmered into view in the developing tray, under the brothel-red gloom of the darkroom, my own attempts at photography have meant a lurch of expectation and disappointment. Now, with an M8 in my possession, the shame gave way to a thrill. At one point, I stood outside a bookstore and, in a bid to test the exposure, focussed on a pair of browsers standing within, under an “Antiquarian” sign at the end of a long shelf. Suddenly, a pale blur entered the frame lines. I panicked, and pressed the shutter: kiss.

On the digital playback, I inspected the evidence. The blur had been an old lady, and she had emerged as a phantom—the complete antiquarian, with glowing white hair and a hint of spectacles. It wasn’t a good photograph, more of a still from “Ghostbusters,” but it was funnier and punchier than anything I had taken before, and I could only have grabbed it with a Leica. (And only with an M. By the time the D-Lux 3 had fired up and focussed, the lady would have floated halfway down the street.) So the rumors were true: buy this camera, and accidents will happen. I remembered what Cartier-Bresson once said about turning from painting to photography: “the adventurer in me felt obliged to testify with a quicker instrument than a brush to the scars of the world.” That is what links him to the Leicaweenies, and Oskar Barnack to the advent of the M8, and Russian revolutionaries to flashlit American nudes: the simple, undying wish to look at the scars. ♦